sábado, 1 de julio de 2017

El sueño de una burra

El sueño de una burra
                                                                 "La mejor victoria es vencer sin combatir."
                                                         Sun Tzu




   Vivo en la intemperie existiendo tímido, sumiso y reservado; alentado por el maltrato. Mi padre siempre se mantiene distante, severo y dominante. El retrato que tengo de Dios consiste que en su mano derecha sostiene un cinturón para castigar con el semblante eternamente malhumorado (jamás sonríe).

   Los que tienen miedo necesitan de una religión.

   Mientras los otros niños jugaban al fútbol, sin entender porqué, mi padre me fajaba con un cinto. ¿¿Porqué?? Me dijeron que por un hombre ingreso el pecado al mundo, pero yo no soy Adán ni tampoco asesine a Jesús. La resilencia es lo que me empuja a ir contra la corriente y con furia combato la mala suerte, soy como un pez en el hielo.

   Lo que más me agrada es hacer fiaca en mi pieza escuchando W.A.S.P. o Iron Maiden.

   Como todo pendejo lo que programo el día sábado es ir al picado de fútbol por la tarde y después, por la noche, asistir a algún baile. Soy bueno recuperando, robando la pelota y un burro para patear.
   No tengo ninguna entrada de dinero, únicamente un par de australes que me facilita mi madre y algunos vueltos que me cobro por los mandados que realizo en un laburo de hormiga.      
   Mi padre es muy tacaño, él tiene como lema “Vos tenés que trabajar y hacer algo para ganarte la comida”. Esa es su forma de pensar, muy egoísta por cierto, con eso se cubre de darme algún austral para salir. Ordinariamente no formulo ninguna petición porque me adelanto a su rechazo. Además, muchas veces, sucede que cuando me dispongo a salir el sábado por la tarde me regaña “Hoy quédate para ayudarme a arreglar el auto”. Siempre se beneficia con alguna excusa para retenerme, otro día ordena, “hoy tenés que barrer el techo y después tapar las goteras”, no obedecerlo implica un pecado.

   Las horas de trabajo son horas desperdiciadas.
  
   A pesar que mi padre se saca el uniforme, en nuestra casa, él sigue siendo un militar. Ando con gran fastidio por esas órdenes ya que cuando llega el fin de semana, después del ajetreo de la secundaria, en lo que menos pienso es en quedarme en casa. Como todo adolescente quiero salir, divertirme con mis amigos y sobretodo conocer chicas.

   Mi problema es que me preocupo más de lo normal.
 
    En el primer año de la secundaria, quizás por el terror que tengo a mi padre, estudiaba mucho. Un traga, como dirían otros. Sucede que tengo temor reverencial por la figura paterna, no era respeto lo que me inspira mi padre; sino más bien miedo y su intensa mirada provoca mi reconciliación con la muerte. Su rostro posee un eterno enojo como si estuviera todo el tiempo molesto. Tanto sufrimiento al pedo. Antes tenía miedo al castigo, de niño me pegaba sin decirme cual era mi crimen, hasta que un día (tendría trece) me plante y le dije que no me iba a dejar pegar. No sé que habrá pasado por su redonda, pero a partir de ese día no me baje los pantalones; aunque a veces me da bofetadas. Una vez, no se cual fue su disgusto, me arrojo una pinza. Todavía conservo la cicatriz en la ceja derecha, como recuerdo.
   Muchas veces, también, me amenaza frente a mis hermanos, "si seguía comportándome así..., me llevaría a un patronato de menores o me echaría de su casa."
   Mi extrema sensibilidad me hace creer que puedo conocer el alma de las personas a través de sus ojos, muchas veces me parece ver que las personas tienen los ojos de color rojo. Muchas veces.
  
   En mi casa me trata como a un soldado, únicamente tengo que responder “Si papá”, sin ninguna contrariedad.

   De todos modos intento escabullirme del yugo el fin de semana. La verdadera fe no necesita ninguna religión. De niño mi padre me obligo a ser católico y hasta los once años me exigió ir a la aburrida misa todos los domingos.

   El primer libro de ficción que leí fue La Biblia.

   Lo que me atraía de la misa era una parte que decía, “ahora vamos a dar el saludo de la paz a quién tenemos al lado”. Siempre intentaba ubicarme cerca de una mina atractiva para “darle mi saludo de la paz”. Otras veces me ubicaba detrás de un buen culo para observarlo cuando rezaba arrodillado. Eso fue obligatorio hasta que, una de esas veces que debía ir a la iglesia, no se me ocurrió mejor idea que ir a visitar a Lorenzo. Mi padre me pesco pero afortunadamente esa vez no reprocho nada, solamente me miro muy encolerizado y serio. A partir de lo ocurrido aprovecho su enojo para no asistir a la aburrida misa de los domingos.

   Todos tenemos algo de delincuente, genio y santo.
  
   A dos cuadras de donde vivo hay una escuela primaria, en el momento de la salida intento estar atento para observar las jovencitas más grandes. Hay una burra que tiene quince años y va a séptimo. A pesar de eso siempre la miro porque es muy atractiva y famélica, cuando transita cerca de mí sonríe pícaramente. En cierta ocasión, acodado en el portón de mi casa, ella pasa dando carcajadas. Vuelve de sus pasos y me da un beso en mis labios. Fue tal mi sorpresa, ocurrió sin esperarlo, que no tuve ninguna reacción. Cuando comento lo sucedido a un vecino de mi edad me dice “Uh, pero no seas boludo..., esa mina está recaliente”. Fue entonces que decido encararla una tarde, terminada la jornada escolar.
  
   Qué bueno sería no necesitar de nada.
  
   Recuerdo que una vez estaba muy enamorado y confundido, no sabía a quién consultar sobre cuestiones amorosas. Resuelvo, en primera instancia, consultar a mi padre. Le relato que estoy muy enamorado y no sabía que decir, ni cómo actuar. La respuesta fue: “Y de quién te enamoraste ¿De tu maestra?”, me sentí tan humillado por su respuesta que nunca más lo consulte sobre esas cuestiones. Ignoramos lo que sabemos.
  
   Muchas veces hurgando en mi cabeza pienso en mi interior, “que habré hecho en mi vida pasada para tener un padre tan rígido como el que tengo.”
  
   Averiguo en el barrio el nombre de la burra, es Roxana. Diez minutos antes de la salida la espero en un lugar desolado que sé que obligadamente tiene que atravesar y cuando se acerca la respiración aumenta, la detengo expresando “Puedo hablar con vos”, ella me dice que "sí" mientras juega con su cabello. No fue extensa mi declaración de “enamorado”, sumado a mi pedido de simulacro de noviazgo. La chica, con pupilas enormes donde nadan peces, contesta que acepta encantada y nos besamos. La realidad es que Roxana está más contenta que yo. Ella susurra que me parezco a Sergio Denis. Hay gente que le gusta que le mientan. Indistintamente acostumbro a estar mucho tiempo en soledad, además de ir tras otras aventuras, soy un jugador que siempre juega. Todas las mujeres  son posesivas, el problema es que Roxana resulta ser una chica mala porque no se deja. No soy un chico fácil, ni de tener una sola. Muchas veces es necesario jugar a hacerse el interesante.
 
   Amo la libertad y la libertad de los demás.

   Reincidentemente el sábado, después de cenar, parto rumbo al centro en busca de algún acontecimiento de quince o casamiento mandándome colado. El sábado es el gran día. Durante la semana, en el colegio junto con Lole, nos dedicamos a buscar información sobre alguna quinceañera; los datos incluyen: lugar, fecha, y medidas de seguridad de la fiesta. Después se procesa la información obtenida y decidimos cual es el lugar con menos inconvenientes para colarse. La última opción es el boliche, siempre es preferible una festividad privada.
   Con Lole hablo de todo, cosas que con otros callo. Siempre  hablo que Karina es una chica de otro mundo, de sus ojos luminosos metidos en los míos, sin poder desprenderme de su imagen flotando ante mí, de cómo deseo verla y tener una oportunidad.

   Es un sufrimiento inexplicable. La veo sin verla...
  
   Lo normal es que yo pase por lo de Lorenzo, ya que su residencia queda camino al foco. Pero, en ésta oportunidad, el único dato que rescatamos se trata de un quince en un barrio cerca de mi casa y de contramano al centro. Así que, por esta vez, fue mi compinche el que vino a mi casa. Cuando llega Lole, con mirada lánguida, trae bajo un ala la revista Playboy edición especial (muchas páginas se encuentran manchadas y pegadas), con párpados hinchados y ojeras oscuras enuncia:


   -Toma Nelson, te la devuelvo...  No doy más.

   Luego, empezamos a mover el culo en busca de rocanrol. En las veredas se escucha voces de televisores encendidos. Siempre salimos bastante temprano. Nos aproximamos a la dirección obtenida en la semana. Un gato blanco cruza la calle; le digo a Lorenzo:

    -Por aquí cerca debe ser.

    -Sí allá, a media cuadra, se escucha Soda stereo.
  
    -Aquí es -nos paramos enfrente de una casa.

   En el momento que planeamos una excusa para poder ingresar se acerca un tipo grandote. Expreso:

   -Uh, cagamos -con voz de autoridad-. Vos quédate callado que yo respondo.

   Se nos dirige ese hombre –después supimos que es el padre de la cumpleañera- y pronuncia, “que hacen acá muchachos -con rostro sonriente-, vengan pasen”. Lorenzo abre bien grandes los ojos y levanta las cejas. Como gatos desconfiados y sin entender nada, ingresamos callados abandonando la calle (no sentimos la obligación de contestar).

   Es muy raro lo que sucede, hay que aclarar sin embargo que nosotros salimos vestidos con la mejor pilcha que tenemos. Muchas veces también nos echan, no porque armáramos bardo, si no porque nos mandan al frente que somos colados. El secreto consiste en pasar desapercibidos, solamente cuando llega el momento del baile nos mostramos –es el relámpago de mayor tensión-, algunas veces nos dejan bailar. Los colados no tenemos nada que perder al no conocer a nadie, somos los caraduras que sacan a bailar y que animan una fiesta. Pero otras veces sentimos una gran vergüenza al despedirnos del lugar sin misericordia y frente a todas las personas.
   Entramos a la vivienda, hay un gran galpón donde pulula un harem alrededor de la música. Con ojos bien abiertos Lole me pregunta:

   - Che porque nos hizo pasar -rascándose la cabeza.

   -Lo que sucede es que tuvimos mucha suerte -respondo con certeza-, es temprano y todavía no cayeron los chabones.

   -A con razón nos hizo pasar el viejo.

   Lo primero que buscamos fue algo para beber. Viene mi compinche y me expresa, “conseguí un vino”.  Lo miro sonriendo, “yo tengo otro.”
   Lorenzo tuvo que elegir entre comprar un atado de pucho o un encendedor. Resolvió afanar la caja de doscientos fósforos de la cocina de su madre y lo gracioso es que (en el baile) tiene que desenfundar el gran envoltorio cada vez que enciende un cigarrillo, como si armara una fogata.
   Pasa una media hora y veo que una mina me relojea, no hay nadie bailando.  La miro como mira un lobo a un cordero.

   Me gusta la chica que no finge timidez.

   Le apunto a Lole:

   -Che, haceme la pata y saca a bailar a una mina, así no bailo solo.

   Enseguida me dirijo a los sesenta kilos de carne femenina que juega con su mirada y pregunto ¿Querés bailar?, me contesta que si y nos dirigimos a la pista. Mi amigote sale atrás mío con otra mina. También acuden a la pista dos parejas más.
   La música del baile es una combinación de lo mejor del pop internacional, con lo mejor del rock nacional. Así se escucha: The Cure, Charly García, Inxs, Sumo, Phil Collins, Fito Paéz,U2, Virus...  y sigue sucesivamente de esta manera. Mientras bailamos ella me toca "por casualidad" constantemente.
   Entre otras cosas que hablo con la chica, mientras nos movemos, me dice que se llama Ivonne y que cursa en el mismo año y en el mismo colegio que estudio yo (solamente que del turno mañana). Cuando dialogamos su pera se encuentra ligeramente inclinada hacia mí y su cara te hace olvidar de todo. Sus ojos de mirada triste y melancólica enloquecen.
  
   “Después seguimos bailando”, expresa, cortándome momentáneamente.
  
   Aprovecho para ir al baño y seguir bebiendo con Lorenzo –que ya lo habían despachado antes-. En los parlantes se escucha The Police, se me acerca Ivonne y me consulta ¿Vamos? Enseguida la tomo de la mano y fuimos nuevamente a la pista. Sin exagerar pasaron una hora de The Police y la menuda baila enloquecida, se ve que es muy fan. Después nos separamos nuevamente. Me siento como una mosca atrapada en una telaraña.
   Ella acude a la pista para bailar con otro, mis manos comienzan a sudar y me pongo muy celoso ya que intuyo que vienen los lentos. A veces hay que persistir; sí todo fuera fácil cualquiera lo lograría. Juno a Ivonne que conversa muy simpática con el chabón. No me contuve mas, me lanzo como un kamikaze en busca de su objetivo y nos pusimos a bailar en el momento indicado –la próxima canción fue Rusos de Sting-.  Nos abrazamos, bailamos pegados y siento sus pechos de durazno apretándome fuertemente.  Después, Ivonne me dice que tiene que marcharse, la indago si puedo acompañarla y ella accede totalmente despreocupada. Vive a dos cuadras, en la entrada de su casa me clava los ojos como una serpiente, y temblando me besa con sus labios rojos como una rosa.

    Robamos al tiempo un fugaz instante de felicidad.

   Antes de despedirnos la interrogo si podría verla de nuevo en la semana, me contesta:

   -Sí, pasa cuando quieras.

   Cada uno toma lo que puede. En la oscuridad oigo su risa. Enciendo un pucho y camino esbozando una gran sonrisa bajo una lluvia de estrellas misioneras.
  Mi corazón late rápidamente.
  Amanece frio y el cielo llora como si fuera la otra fecha patria, la del veinticinco de mayo. Después por la tarde, Lorenzo refiere:

   -Que guacho que sos..., el otro chabón calentó la pava y vos tomaste el mate.

   -Sí, encima me puse de novio -y agrego-. Soy como Estados Unidos, donde puedo meto un misil.

   -¡Ah no! Pero boludo bañate cuando la vayas a ver.

   La cuestión es que la visito tres veces por semana a Ivonne en su casa, es una brasa de fuego... un infierno. La chica me gusta mucho, muchísimo más que Roxana. Con el tiempo me decido por Ivonne y la dejo de ver a Roxana.
   Al mes de haber cortado con la burra, mi mamá me interpela ¿Quién es Roxana? Contesto.

   -Ah, una loca con la que anduve.

   -Bueno hace algo -agrega mi madre arqueando las cejas-,  a mí no me metas en problemas.
  
   -¿Qué pasó? -tocándome la frente.

   Me relata mi progenitora: “Vino esa chica por la mañana –con una amiga-, y me dice que como va a permitir que su hijo haga eso conmigo, que ella era tu novia y que te quería mucho… no sabes la escena que hizo. Hace algo y arregla eso”. No puedo contener mi risa y mi madre señala:

   -No es nada gracioso, arregla eso.
  
    La cuestión es que no me inquieta para nada el asunto, opto por no verla más a Roxana y punto. Pero, al final, me costo muy cara la elección. Después de tres meses de noviazgo con Ivonne, me traiciona.

   Únicamente las personas que realmente te importan pueden producirte daño.

  Afuera sopla un viento de tormenta y nubes oscuras se desplazan. La llamo por teléfono, discutimos por el tubo un buen rato, y me retiro como quién se retira de un baño. A la felicidad hay que buscarla pero tiene una fecha de caducidad, un principio y un fin.
    Le deseo una pronta muerte.

NF


jueves, 1 de junio de 2017

El marica

El marica

Escuchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien,  porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la vergüenza. Y entonces yo siento que tengo que decírtelo. Escuchame.
Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo como fue, cuando uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me lastimé la mano.
   Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.
   -Te lastimaste por mí, Abelardo.
Cuando hablaste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi mano entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. Demasiado blancas, demasiado delgadas.
   -Soltame  -dije.
   O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre curas. Pero ellos se reían y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.
   Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, con una mirada rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:
   -Sabés, te admiro.
   No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era.
    -Es un marica.
    -Qué va a ser marica.
   -Por algo lo cuidás tanto.
   Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos la mitad de lo que valía él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta -uno también elige-, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y hablo de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato.
    -Me pasaron un dato -dijo-,  por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso lo hacemos debutar al César.
    Y yo dije macanudo.
   -César, esta noche vamos a dar una vuelta con los muchachos. Quiero que vengas.
   -¿Con los muchachos?
   -Sí, qué tiene.
   Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles.
   -Abelardo, vos lo sabías.
   -Callate y entrá.
   -¡Lo sabías!
   -Entrá, te digo.
   El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos miraba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinta y cinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.
    El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anormalmente brutales, en voz de secreto, todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.
   -Debe estar sucia.
   Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triunfador, abrochándose la bragueta.
   Nos guiñó un ojo.
   -Pasa vos.
   -No, yo no. Yo después.
   Entró el colorado, después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Si, esa era exactamente la impresión que yo tenía.
   Entré yo. Cuando salí vos no estabas.
   -Dónde está César
   -Disparó.
   Y el ademán -un ademán que pudo ser idéntico al del negro- se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto  yo estaba fuera del rancho.
   -Vos también te asustaste, pibe.
   Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.
   -Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.
   -Agarró pa ayá -con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. El chico también dijo pa ayá.
   Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.
   -Lo sabías.
   -Volvé.
   -No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.
   -Volvé, animal.
   -Por Dios que no puedo.
   -Volvé o te llevo a patadas en el culo.
   La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara  iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarme de aquella cosa, que me estaba atragantando.
   -Bruto -dijiste-. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.
   Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.
   Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:
   -Maricón. Maricón de mierda.
   Y después lo grité.
   Escuchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espejo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escuchame.
   Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros.
   Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.

Abelardo Castillo




lunes, 1 de mayo de 2017

La ura

La ura

 "Lo intenso, por una ley poéticamente física, es breve."
                                 Edgard Allan Poe


  Una joven mujer llamada Claudia lleva varios días fané sufriendo una molesta inflamación en el brazo izquierdo, es fastidioso como una mosca verde en verano. El dolor es constante y tiene la mayor parte del tiempo el brazo irritado, también siente movimientos en la hinchazón y.
  Vive en San Martín, en la provincia de Buenos Aires, es soltera y convive con su madre. Claudia se siente sola en su dolor aniquilando todas sus fuerzas y aflojando todos los músculos de. En este mundo todos tenemos un cuerpo tan débil que enfermamos y envejecemos..., podemos morir en cualquier momento. Todos, absolutamente todos, nos vamos a pudrir.
  El médico de cabecera no encuentra ninguna solución al problema que la aqueja. Simplemente le receta antiinflamatorios..., pero al deslizarse una semana no resuelve de forma definitiva el asunto y el doctor disipa derivarla a un dermatólogo de.
  Al concurrir al turno del especialista recomendado, éste observa la infección y no supo dar una respuesta científica al mal que. El problema no es caer sino como levantarse.
  Consulta a otros médicos dermatólogos que tampoco aciertan una cura concluyente y esto la atormenta.
  Un día se encuentra con María, una amiga de la niñez, y le relata el problema que la aflige en. Afuera el viento frio golpea las ventanas, puede verse al viento ingresando.
  María interviene y comenta de un joven especialista en piel, el doctor Ruiz. Las ramas se mecen al ritmo de la corriente. Agrega que es muy bueno en su profesión y que tiene la certeza que él va a encontrar una solución al inconveniente. Claudia, como si le dijeran que Judas no traicionó a Jesús, apunta en el celular el número del dermatólogo recomendado.
  Al pasar dos días, Claudia exhausta, resuelve sacar un turno al profesional confiado por.
  Camina a la clínica y acude a la cita programada. Llamaron a una mujer, después a un viejo. Estuvo esperando quince minutos más hasta que el doctor Ruiz la llama por. Claudia se levanta del asiento y acude a.
  En el consultorio pregunta muy amablemente el especialista:
  -¿Qué le anda pasando?
  -Desde hace tiempo que tengo éste problema –agrega tocándose el rostro-, ninguno de los médicos que consulté me supo dar una cura definitiva.
   El doctor coloca sus dos manos hacia arriba en forma de ojiva y dice:
  -Haber muéstreme el problema.
  Claudia desnuda su brazo y le muestra la hinchazón.
  -¿Esta infección se mueve? –pregunta el médico.
  - ¡Sí! -afirmando con la cabeza-. ¡Como lo supo! Responde Claudia extrañada.
  -¿Por casualidad usted estuvo en la provincia de Misiones?
  La paciente pasa una mano en la frente y recuerda que hace un mes estuvo en Iguazú.
  El doctor Ruiz indica:
  -Tiene suerte que soy oriundo de esa zona, lo que usted tiene es una ura. Una afección exclusiva del noreste argentino.
   -¡Ah! -con sorpresa y emoción.
   Interroga intrigada Claudia:
   ¿Y en qué consiste?
   -Es una mosca llamada ura que raramente deposita sus huevos en humanos vivos, en verdad, primero la mosca deposita sus huevos en un mosquito y (a la vez) cuando este mosquito infectado pica a una persona inyecta en la picadura los huevos de la ura. No es muy común, pero a veces.
   Un frio recorre la espalda de Claudia y pregunta:
    -¿Tiene cura?
  -Sí y es muy simple. Tiene que colocarse jabón húmedo en forma de pasta o bolita en la zona infectada. Luego deja que el jabón se seque, unas veinticuatro horas, y las larvas mueren de asfixia.
  -¡Uh doctor!, no sabe como se lo agradezco y.
  -No se preocupe, para eso estamos. Cada uno hace lo que puede.
  Claudia se retira airosa y satisfecha de saber que hay una cura para su enfermedad. Es mejor saber la verdad que ignorar lo que sucede y para llegar a la verdad se necesita humildad. Donde hay humildad hay sabiduría.
  Al otro día ejecuta lo que le revelo el dermatólogo. Al pasar un día más se siente libre como un prisionero que encuentra la celda abierta de su cautiverio. Hay personas que toda su vida llevan una prisión. Por precaución deja pasar unas horas más, aprieta fuertemente con los dedos la zona infectada hasta que se abre una gran boca y las larvas salen expulsadas hacia. Moscas revolotean.


nf

sábado, 1 de abril de 2017

el miserable

el miserable

                                                    
 "no soy lo bastante pobre para pedir limosna."
                                                                   nietzsche
  
   
   andrés era oriundo de la ciudad de las diagonales, en el centro de la gran ciudad se alza la catedral cubierta de torres edificadas por dios. tenía una buena paga de jubilación aunque vivía como un ermitaño y vestía con harapos. el hombre es un animal de costumbres y es muy difícil cambiar los hábitos a los que se encuentra sometido. el platense raras veces soltaba palabras de sus labios. muchas veces se lo veía con las pupilas dilatadas y los nervios alterados y las noches lo amenazaban como verdugos detrás de una puerta.
   su mujer la había abandonado y nunca volvió, harta del maltrato económico que recibía. así, a manera de ejemplo, el jefe de familia destinaba una cuota fija para la comida; además con esa cantidad de dinero ella tenía que pagar los distintos servicios como también los gastos de salud y transporte. cosa que evidentemente no alcanzaba. ella salía a trabajar para darle una buena educación a su hijo, ya que al padre eso no le interesaba. no se preocupaba siquiera de su propia salud ni de la de ningún miembro de su familia, mucho menos su educación. él se lamentaba y quejaba mucho cada vez que tenía que desembolsar dinero, defendía enérgicamente su bolsillo. hacía ya muchos años que andrés sufría dolores en el corazón; sin embargo nunca fue a consultar a un médico. provoca más miedo un lobo callado que un perro ladrando.
   si siempre se toman las mismas decisiones  ante un mismo hecho se produce un eterno retorno de las circunstancias. para obtener resultados distintos no hay que hacer siempre lo mismo y la decisión del cambio es ardua. algunos hombres callan y otros hablan.
   siempre se quejaba y decía que tenía una fuerte personalidad, en realidad confundía las cosas,  era caprichoso y una persona muy obstinada. jamás escuchaba a nadie por más que se le diera la mejor explicación, prefería responder insultando y agrediendo con golpes. no recibía consejos y hablar con él era tirar perlas a los cerdos, es decir, era colocar una opinión o conocimiento en alguien que no iba a ser uso de ello. era inútil hablar con andrés, no servía de nada, ya que nunca reveía su actitud.
   fue el hombre más miserable que conocí, la tacañería dibujaba su rostro siempre serio y enojado. tenía una precaria vivienda y todos los días salía por las mañanas con una carretilla a cargarla con pedazos de ladrillos, papeles, cartones, y todo elemento combustible que encontrara a su paso. en el barrio no entendían por qué hacía eso como si fuera un ciruja, cuando llegaba el mediodía con todo lo recopilado hacía fuego y calentaba una cacerola con cascotes de ladrillo. más tarde cocinaba sobre eso.
   el miserable se internaba gravemente en el policlínico san martín en donde se respeta el silencio. una de las características de la ciudad capital de la provincia de buenos aires es que sus calles no tienen nombres sino que se las llaman por número. así, a manera de ejemplo, el policlínico mencionado se encuentra ubicado entre la intersección de las calle uno y setenta. los hospitales están inundados de tristeza y héctor vaciaba las horas impacientes mirando la puerta de la antesala buscando un rostro nuevo, esa era la gran distracción mientras esperaba sentado en un viejo banco de madera. las personas son diferentes; una antipatía se obtiene en un día y una amistad en un mes. el hijo deseaba encontrar algo agradable, quizás... un amor.
    allí se revelaba la verdad, ya que su cuerpo enfrió al no resistir la operación. llamaron al unigénito del hospital para que reconociera el cuerpo y realizar los distintos trámites correspondientes.
   una vez terminado las diligencias de rigor le habían entregado al único hijo una valija antigua de cartón y ajustada en el medio con un cinturón; de la cual nadie sospechaba de su existencia. desató la correa y la abrió. para su gran sorpresa la encontraba repleta hasta el borde de billetes húmedos.
   era tal la cantidad que héctor se sintió como un gato caminando por el techo y se compró un restaurante con la casa incluida,  también adquirió un automóvil nuevo. en vida había amontonado fortuna como si fuera fruto de un pecado.
   se había llevado el papel moneda a su última morada. los auxiliares del nosocomio no se imaginaron ni nunca supieron de lo ocurrido.
  
nf